domingo, 11 de octubre de 2009

azar

A veces me entretengo

al caer la noche

grabo tu nombre largo,

y los inventos,


y una ecuación causal

siempre devuelve

cuantas pudiste ser,

las que no eres


las fotos y otros datos,

recuerdos, fechas

de eventos en lugares

en que no estuve


paisajes de los viajes

que nunca hicimos

y hasta historias escritas

como poemas


y descubro poetisas

que nunca fuiste

y descubro palabras

que no dijiste


cuentistas, ensayistas

y semidiosas

números, direcciones,

crédito y sueños


perdidos en la nada

del cero y uno

en el vacío oscuro

del infinito


a veces me entretengo

con tu recuerdo

computo su raíz

cuadrada y cúbica


se lo entrego al azar

que lo devuelve

en poemas e historias

que yo me invento


y descubro poetisas

que nunca fuiste

y descubro palabras

que no dijiste


A veces me entretengo

al caer la noche

perdido entre la nada

del cero y uno


grabo tu nombre largo,

y los inventos,

y hasta historias escritas

como poemas


y descubro poetisas

que nunca fuiste

y descubro palabras

que no dijiste

asesino de recuerdos

Yo tardaré más
de diecinueve días
y quinientas noches
en olvidarte

yo divido ese tiempo
en madrugadas,
mañanas y noches,
fracciones infinitesimales

yo te asedio en mis sueños,
brinco la cerca de tu casa,
cuidadoso me pongo de puntillas
para ver tu ventana

yo no le pido permiso
a Morfeo para inventar
cuatros de la mañana,
explosiones de volcán sobre sábanas

yo sé que hay noches,
en las que sales de cacería
y en el borde de un bar
esperas una cerveza

lo que no sabes tú
es que a diario le clavo un cuchillo
al recuerdo de tu cuerpo
hasta hacerlo desangrar

pero el maldito semidiós de tus latidos
hizo inmortal tus besos en mi boca
y aunque lo mate siempre vuelve
hasta la náusea

viernes, 9 de octubre de 2009

Isleño

Ser isleño implica
desconocer totalmente
lo que es una frontera,
tenerle poca reverencia
al concepto de los límites,
a las líneas que se cruzan
y cambian el paradigma,
por que todo cuanto
conoces como casa
está rodeado por el mar.

ella le espera

Todavía lo espero
como un acontecimiento
con fuegos artificiales

aún quiero que me rescate
de los días de trabajo,
de hacer cena y ayudar con las tareas

le espero como en mis días de encierro
y recuerdo el lavado de estómago,
la sobredosis de panadol

de vez en cuando lo sueño
y me rescata de mis hijos,
de mi trabajo repetitivo

y nuevayol se vuelve utopía,
y tengo quince años
y todo es posible

todavía lo espero
y en mi regresión soy virgen
e inocente

y en su ingenuidad me dice
que salgamos huyendo,
que no hay como estar perdido

y en esos laberintos de los universos paralelos
se pierde mi cabeza soñando despierta
mientras le espero

sábado, 3 de octubre de 2009

Isla

Yo también soy una isla,

todo un borde infinito de costa quemada

por el sol de esta ciudad


una cordillera central

de dos montes pequeños

y uno grande y deforestado


yo también tengo ríos

que fluyen con exceso

de azúcar y fármacos


sobrepoblado, habitado

en más de setenta y ocho partes,

venas por carreteras


azotado por los vientos

del pasado, presente y futuro,

pasiones huracanadas


yo también soy una pieza

en el rompecabezas que flota

entre dos cuerpos de agua


parte de un archipiélago

de cabezas en las aceras,

en un trópico de asfalto

ya no me basta

En algún momento me bastó saber

que existías,

pensarte en silencio, entre lo cotidiano


Imaginarte como en aquellos días,

entre sonriente y perdida,

nostálgica y redonda


Hubo un tiempo en el que fuiste un invento,

un fantasma,

la evolución de un recuerdo


Y llegó el momento en el que

decidí tomar las armas del valor para llamarte

sin esperar sólo un eco


Y no sé si me sirvió de nada

despertar los sentimientos,

los inventos y los cuentos sin acabar,

porque no acaba tu risa


Y en lo profundo de esta alma que no tengo,

hay un latido que casi desaparece

que cada vez se hace menos presente


En algún momento me bastó el recuerdo de tu boca,

de tus dientes separados,

tu pelo oscuro


Desear intensamente lo que no tuve,

recrearte vacía e inventada

sobre mi músculo


Pero ya me sobran los inventos,

y los recuerdos de niño curioso

brotan de mis poros con verdes hojas


Y quiero los sacrificios,

la carne, la sangre,

la comunión de los cuerpos


Tu vientre como un altar,

mis manos repiten signos

místicos sobre tu cuerpo


Y es que el silencio no basta,

no alimenta, sólo siembra deseo.

jueves, 1 de octubre de 2009

porque la quería

Porque la quería

le entregué mis manos,

mis dos manos frías

 

le enseñé mis pasos

le dí mi alegría

la noche y el día

 

Porque la quería

me mostré desnudo

y sin armamento


cada sentimiento

y hasta mi futuro

lo que no tenía


y aunque me adoraba

y a veces me amaba

no sé si quería


todos los secretos

que guardé en el alma

porque la quería.


Porque la quería

me daba su lengua,

le daba la mía


pero yo le hablaba

y, aunque me miraba, 

nada me decía


cuando me levanto

luego abro los ojos,

no logro sentirla


y así se quedaba,

inmóvil, silente,

y casi sin vida


y yo, cabizbajo

seguí mi camino,

porque la quería.

lunes, 21 de septiembre de 2009

en blanco

hace mucho que no creo en la guitarra,
que no nacen cosas nuevas.

ando sembrado de números,
brotan ecuaciones en vainas,
llenas de matemática discreta

hace tiempo que te extraño,
desde que te vi durmiendo
y sólo tuve tiempo
de darte un beso

hace mucho estoy en blanco
ha de ser el desierto
que aparte de absorber tus fluídos
te seca las ganas

martes, 8 de septiembre de 2009

Poema del vibrador

¡Oh vibrador, aparato
proveedor de placer!
hay mujeres que hace rato
te quisieran poseer

Reprimidas, olvidadas
víctimas de la inacción,
mujeres necesitadas
del placer y la pasión

te ordenan en los catálogos
eróticos de la red
tus motores analógicos
habrán de saciar la sed

del éxtasis poderoso
de orgasmos libertadores
aparato delicioso
que elimina las tensiones

múltiples velocidades
causan temblores sistémicos
en los puntos cardinales
donde el placer es endémico

y hay alguno que otro tipo
que la próstata estimula
mandando el estereotipo
al cuerno, cuando eyacula

también están las ninfómanas
que utilizan más de uno
y acaban por megalómanas
llamando al nueve uno uno

¡Oh vibrador, aparato
príncipe de la pasión!
aunque no salgas barato
haces gozar a un millón

lunes, 24 de agosto de 2009

La calle

Érase una vez una calle muy chiquita y muy poblada de bares. Eran tantos los bares que no cabía uno más. Y allí, donde no cabía uno, apareció otro. Bueno, para ser sincero, no era un bar, era un chinchorro.

Para todos aquellos que no saben lo que es un chinchorro, les recomiendo no buscarlo en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, por que es un término que pertenece exclusivamente a la jerga del país en donde está el pueblo en el que está la calle chiquita. Es una categoría de barra más abajo del bar barato, pero un paso antes del bar de mala muerte.

Bueno, regresemos a la historia. La cosa es que la calle era muy pequeña, y en un lugar en donde las barras se generan espontáneamente, el bar, como una bacteria que coloniza en el ambiente más apto, apareció y se llenó de chamaquitos universitarios. Un chinchorro es el hábitat natural de los niños de universidad, desesperados por subirse el libido con varias cervezas aguadas de las que se consumen en cualquier país del Caribe. Las cervezas en el Caribe están diseñadas para dos cosas: ser consumidas casi al punto de congelación, por el maldito calor del Hades que habitamos, y para consumirse en exceso y ver la gente fea más linda de la cuenta.

Era una calle que quería ser avenida, aunque seguía siendo del tamaño de una calle. Y lo logró. Se colgó un letrero como un caco se cuelga un bling gigantesco de fantasía cafre con su nombre que decía “Avenida Casualidad”; verde con letras blancas, como lo debe tener toda avenida que se respete a sí misma. Aunque para ella misma fue un evento, pasó desapercibido en el diario, como pasan tantas otras noticias y titulares como: “Los usos antibacteriales de la pepa del mangó”, “Huelga en la Universidad amenaza con cancelar el semestre”, y “Fraude en las elecciones Afganas”.

La barra, o mejor dicho, el chinchorro, era como cualquier chinchorro que se manifiesta automáticamente; un lugar pequeño, con decoraciones de los ochenta, anuncios de Schaefer, Budweiser, y Coors Light, fotos de ebrios y muchachas pegadas por las paredes, un cartel que dice “Hoy no fío, mañana sí”, una mesa de dominó y dos de billar, y una barra con varias neveras de las que tienen una puertita que abre hacia arriba y son cromeadas. La atiende un viejito negro peliblanco, de guayabera blanca y pantalón negro, zapatos gastados y un cierto olor a ligeramente usado, con una cajetilla de Winston regular en el bolsillo superior izquierdo de la guayabera.

La calle, como una entraña, se contorsionaba en curvas peligrosas, y era tan larga que decían podía tener el largo de la tierra medida por su centro, si la pusieras de extremo a extremo. Y a veces, como el intestino, comenzaba a llenarse con delicados alimentos pre-digeridos, que eventualmente acabarían siendo mierda.

Como en todo experimento de auto-organización, o sea, como en las colonias de hormigas, tenía que exhibir cualidades emergentes de protección. O sea, de vez en cuando, en los momentos en que la cosa se ponía pelúa, aparecían policías. Como en toda calle cabellera poblada de piojos bares, se alineaban como peines en una peinilla, con sus disfraces de guerra azules, anti-balas, anti-cuchillos, anti-estudiantes ebrios. Y ocasionalmente, volaba una lata de cerveza ya caliente y poco sensual, para el disfrute de aquellos agentes que cargan gases lacrimógenos, macanas y armas de alto calibre.

Antes habían casas de fraternidades entre los bares y los edificios de apartamentos, pero como los bares son virulentos, se fueron reproduciendo tanto que la gente pensó que la causa del problema eran las fraternidades (obviamente) y decidieron buscar el apoyo comunitario necesario para eliminarlas a todas de la calle. Claro, sólo para que de la noche a la mañana aparecieran más bares, llenos de miembros de fraternidad sin casa.

Los que frecuentan la barra son como las hormigas. Ciertos de ellos parecen ser los mismos a través del tiempo, manifestaciones del mismo insecto en distintas etapas, clones. Otro son singularidades, errores, cadenas impredecibles en el flujo discontinuo de datos que alimenta la pequeña calle. Hay uno que otro genial. Pero todos llegan por la cerveza barata.

Como todo en este pequeño país en donde está la diminuta vía se llena de polvo, también ella se espolvoreó. Los polvos del Sahara, los de Elizabeth Arden, y los de aquellos que consumen “sólo un poquito más” de lo que sus cuerpos pueden tolerar, se posaron sobre sus aceras, sus edificios, y cubrieron todo lo estático y móvil.

Los del Sahara se aposentaron en los pulmones de los que consumen y se consumen, dificultando una respiración ya pesarosa por el diario vivir, por la humedad, el calor y otras cosas significativas e insignificantes.

Los de Elizabeth Arden poblaron las rostros de las niñas que juegan a ser flores de noche, putas que no cobran, amores fugaces.

Los de los que consumen demás se agruparon en parejas en su mayoría, y se fueron con el viento a otros lugares. Carros, apartamentos revueltos, camas que necesitan cambiar de sábana, moteles, balcones. Y de allí se volvieron el polvo enamorado de Quevedo, y se enlazaron en cadenas de ácidos desoxiribonucléicos, y gemidos y otros asuntos esdrújulos, creando los nuevos pobladores de este país, y los habitantes migrantes de este pueblo que tiene esta calle pequeña, que en algún momento pisarán este bar que les ha engendrado y cometerán el mismo error que les dio la vida.