lunes, 8 de junio de 2009

ends here

perdió el color todo
ya no sé en donde estoy parado
ni nortes, ni sures

es algo que no tiene explicación
y no sé si es saludable buscarla
por que todo tiene un límite

lo que me apena
es haberme sentido imprescindible
cuando en realidad fui
sólo uno más

descartable, inútil,
una pérdida de tiempo

mutan mis células en mi cuerpo
y aclamo, como Fukuyama
el Fin de la historia

a tí se te pasará,
pero yo lloraré

lloverá y seguiré esperando

domingo, 7 de junio de 2009

la ciudad

Ciudad de verdes ojos tan lejana
portal a las estrellas y cometas
pasado de sonrisas que me llama
y un juego de presente que me inquieta

ciudad mujer del sur y del oeste
tu blanca piel inédita y ajena
contrasta con la mía tan agreste
de misterios curiosos de la arena

tu exilio prolongado de mi vera
hace que un algortimo matemático
busque entre los recuerdos la primera
vez que entre tus ojos enigmáticos

me viera reflejado y me robaras
mi ánima de cardos y semilla
y que en mi cuerpo amorfo provocaras
deseo de ser el molde de tu arcilla

ciudad lejana busco tus secretos
y la etimología de tu nombre
te vuelves verso, letra y alfabeto
eva de luna, costilla de algún hombre

sábado, 6 de junio de 2009

El poeta y la ciudad

Yo tengo el nombre de una ciudad y un apellido que divide mi cultura, aunque al soñar siempre lo hago en español. Llegué a esta ciudad huyendo; de mi pasado, de mi madre, y de mis idilios románticos. Irónico que ahora ande buscando poemas breves, por que la etimología de idilio nos dice que éste es su significado original en el griego. En estos días soy una versión más redonda y vieja de lo que fui cuando le conocí, hace ya unos diez años, pero mis ojos han recuperado aquél brillo de adolescente y las ganas de alimentarme de horizontes y atardeceres, cosa que esta ciudad había ido consumiendo hace un tiempo. Mi vida se había reducido a pastar, dormir, y seguir la manada, pero él lo cambió todo una tarde en que quiso beberse los alcoholes del universo y yo acompañarle.

Tal vez no sea Borges, ni Neruda, pero tiene el don de alimentarse de las almas de los que le leen. Dice que su abuela nunca le leyó las cartas, por miedo a que se cumpliera una cierta profecía que nunca quiso mencionar. Él tiene el nombre de las piedras del un río en el que bautizara un profeta, y en su tierra ser mago es cotidiano y normal. Le encanta enumerar las cosas; se esmera por contar los lunares de mi cuerpo y clasificarlos como si fuera un dermatólogo, lleva una colección de hojas de árboles que le ha ido recogiendo su hijo desde los dos años, y vive obsesionado con la música antigua. Cuando no encuentra palabras que describan lo que piensa, las inventa. Cuando las cosas no tienen nombre, las nombra.

Yo llegué a la ciudad pensando que habría de consumirme como a tantos otros. Antes rodeada de montes, ríos y nubes, y ahora solo de cemento, gris y soledades. Somos dos millones de habitantes, 717,945 viviendas, y de constitución racial de 49,27% caucásicos, 25,31% afroamericanos, 0.44% indios americanos, 5,31% asiáticos, 0,06% isleños del Pacífico, 16.46% otras etnicidades, 3.15% doble etnicidad. Yo soy una anomalía entre las minorías, y solo me faltaría ser judía y homosexual para ser única. No descubrí que era un portal al espacio hasta que él abrío ante mi la caja de pandora de las galaxias, y me enseñó la ruta del cosmos.

Y fui su cosmonauta por una noche, en la que recorrí su obra verso a verso. Pasamos Alfa Centauro y me cantó sobre las niñas que duermen en otros brazos y las madres que las esperan llorando, de su vida con la espiritista, de sus viajes a suramérica. Una noche ebria de sueño y cerveza me dijo que me había escrito un haikú y lo había escondido. Le pedí, llorosa y enamorada que me ayudara a buscarlo, que me despertara de este encierro de ciudad, que me diera un nuevo nombre, pero hubo silencio.

Fue solo unos días después que me miré las manos, y vi ese poema breve escrito en ellas.


jueves, 4 de junio de 2009

Décimas Cibernéticas

Este blog debió haber comenzado con estas décimas, que son unas de las primeras cosas que escribí cuando retomé la escritura en la universidad. Disfruten.


Enredado en la maraña 
de recintos cibernéticos
entre mil discos magnéticos
te encontré en la telaraña:
mundo que mi madre engaña
con todo colorido.
Te busco entre el estallido
de valiosa información
y te entrego el corazón 
sin conocer tu apellido


Avanzo así velozmente
montado en mi "buscador"
cruzo de un ordenador
a otro sigilosamente.
Entiendo perfectamente
los dialectos cibernéticos
y cruzo espacios sintéticos
hechos de silicio y plástico
que dan un mundo fantástico
lleno de locos frenéticos

Un sueño

Esta pesadilla la escribí el doce de noviembre de mil novecientos noventa y ocho. Que la disfruten.

Subes dos pisos, das una vuelta a la izquierda y otra a la derecha. Observas todos los anaqueles en donde están los libros en estricto órden, ves el que necesitas y lo tomas. Regresas al escritorio y lees. Te han pedido un trabajo ordenado, bajo las normas estrictas del MLA, entre veinte y veinticinco páginas. Ya conoces prácticamente toda la biblioteca. Has usado el catálogo, las computadoras, los diccionarios y los baños. En el escritorio reposan cincuenta y dos libros, veinte artículos, tres libretas cuatro bolígrafos y tu cabeza. Te has quedado dormido. Pero no ha sido porque los que leías era aburrido, sino por que estas mortalmente cansado. ¿Recuerdas? Leías sobre brujas. Si, ya. Brujas, el Sabbat, espejos ... recuerdas los nombres de Michelet, Henry James, Carlos Fuentes, Gloria Durán, Aura, Consuelo, Elphias Leví, Gloria Trevi y palabras como sexo, muerte, realidad, magia, amor, odio, satanismo, ciencia, ocultismo y otras más. 

Miras a tu alrededor. Luego de haberte ocultado por creerte descubierto, tratas de verla, pero yá no está. Desapareció. Hace unos segundos, antes de que te ocultaras, estaba allí. Era jóven, tendría algunos veintidos años, tenía el pelo largo hasta la mitad de la espalda y estaba desnuda. Balbuceó unas palabras que no comprendiste, untó su cuerpo voluptuoso con una substancia aceitosa que preparó. Recordarás la forma en que lo hizo, es más, te exitó la manera en que lo hizo. Lenta y pausadamente fué cubriendo primero su cara, luego sus senos, y por último sus piernas largas y bien formadas hasta llegar a sus pies. No dejó parte en su cuerpo que no cubriera con ese aceite. Antes de perderla de vista, le escuchaste decir unas palabras, un conjuro. Has estado espiándola por algún tiempo. No es como la pintaban en los cuentos de niños, no tiene una verruga en la nariz, no es espantosa. Esta mujer conoce las plantas y sus propiedades, esta mujer parece tener los secetos de la vida, y también los de la muerte. Pero ya no está, y decides averiguar que sucedió y como. 

Sientes que te tocan la espalda. Es Danny, siempre puntual. Lo llamaste hace media hora y aparece para despertarte de tu sueño de bello durmiente (pos supuesto, no con el beso) y preguntando como siempre: "¿¿qué quieres??" Es masivo, gigantesco, pesa alrededor de cuatrocientas ochenta libras y es esférico. Lo invitas a comer, aunque sabes que luego de verlo comer te sorprenderás de como alguien puede comer tanto. Entran y tú pides lo de siempre, un "combo" de esa hamburguesa que tanto te gusta. Danny comienza su orden: un servicio de chili, dos de papas, cuatro hamburguesas pequeñas, una soda grande y un helado de esos de chocolate. La cajera se sorprende. Se sientan, tu devoras tu comida rápido, pero tranquilo. Danny comienza su ritual: se come una de las hambuguesas, devora las papas y le pone el sorbeto al refresco. Mientras observas esa masacre culinaria, piensas en el trabajo. Tienes dos días más para hacerlo y te queda el exámen de Cálculo. Ay... la vida del estudiante, ¡es como vivir muerto! Estudias para ser, como dicen, un cadáver culto. No dejas de pensar en el último artículo que leiste; las plantas y las brujas. Conocían los afrodisíacos, narcóticos, estimulantes, depresivos y así, claro que no le conocían estos nombres. Por fin despueés de una larga espera, Danny termina. Regresas y comienzas a estudiar. Lees "El poder de la magia". Solo 5 páginas más. 

Exploras la cueva húmeda en la que penetraste hace tal vez dos horas. Tomas el frasco con el aceite. Te desnudas. Posiblemente sea que falta algo. Dices lo que te acuerdas de las palabras que conjuró la bruja y nada sucede. Te sientes extraño, ves todo de un hermoso color verde. Por fin encuentras el libro que crees te dará la respuesta. Es un libro viejo y cerrado, con una gema roja en el broche y unos sellos extraños en la cubierta de cuero. Está lleno de palabras en un idioma que no comprendes. Antes de arrepentirte, saltas unas páginas y allí está. Empiezas a comprenderlo todo y el enoquiano es como tu lengua materna. Te paras en el círculo blanco del piso, te colocas en el mismo centro y dices el conjuro que leiste del libro. Sientes que te elevas. Si, te elevas, y viajas a un lugar que no sabes. 

Despiertas, o mejor dicho, te despiertan. Ya cierran la biblioteca. Recojes tus libros y te vas a tu casa. 

Llegaste a un lugar que no conoces. No puedes creer lo que ves. Miles copulan unos con otros, otros danzan tomados de la mano en círculo, fuego, bestias aladas, faunos... En el centro hay una bestia, la Gran Bestia. Tiene cabeza de macho cabrío, lo rodea un círculo de luz. Sus alas son hermosas como las de un ángel, blancas y sin manchas. Apagas el televisor y te duermes; sueñas con una mujer blanca, esbelta, delicada, del pelo negro largo hasta las caderas, está vestida con un traje cuyo color es idéntico al de sus ojos, unos ojos verdes como las algas, verdes como la hierba, verdes. Unos ojos que anuncian muerte. La bestia tiene pechos grandes de hembra, en su panza un ojo, tiene cuerpo de hombre y está sentada en un gran trono de piedra. A su lado hay dos pirámides vueltas al revés y en su mano tiene un corazón que sangra a chorros y todavía late. Es hermoso. Nunca habías visto algo así. Alguien te toma del brazo y te hala hacia sí. Te besa y tu le contestas el beso como en un trance y comprendes. Estas en el suelo con ella, con la bruja. Acaricias ese cuerpo embadurnado de aceite, igual que el tuyo. Después de amarte te lleva a un altar de piedra y te coloca sobre él. Mira la bestia, dice unas palabras al viento y toma el cuchillo en las manos. Cierras tus ojos y sueñas que éstas en un escritorio, que escribes y lees, que lees y escribes. Sueñas que te vas y que sueñas, sueñas con ella, vestida de verde, sueñas con nada y ya no sueñas más.

chatticus interruptus

Te fuiste y me doy cuenta
que en muchos años no fuiste más
que unos ojos grandes y profundos
dónde perderse

no sé nada de ti, tal vez por miedo,
por cobardía o haberme sentido intimidado
por el color, por la asfixia que me causaban
o su belleza poco común en mi entorno

te fuiste y me doy cuenta
que eres más que esos ojos,
que eres oídos y opiniones,
disposición y curiosidad

te fuiste y ahora
tengo que esperar
con impaciencia
el mañana en la noche

viernes, 29 de mayo de 2009

Las cosas que te conté (cuento)

I

Cuando quise decirle que no, ya estaba tan adentrada en el sí, que no pude librarme. Recuerdo la primera vez que le vi. Yo era tan sólo una niña de quince años, enamorada. Acababan unas semanas antes de lavarme el estómago, tras un intento de suicidio con analgésicos, por que mis padres no me dejaban salir con un noviecito que tenía. Recuerdo la primera vez que vi sus ojos, pequeños, casi como una rendija en la que se asoma un ratoncillo tímido y tembloroso. Quise escapar, pero ya esa mirada tan tromba marina había batido sobre mi piel vuelta costa, y con su calor descubrí colores y espumas hechas de uvas y sueños. Temí por mi, por que esa sensación tan hermosa sólo se podría vivir una vez cada catorce años, y temí por el ciclo, por mi vida, mi desesperación, los analgésicos y mi piel.

Él era estudiante, y visitaba con su amigo a una amiga en común, entonces mi vecina. Realmente quise decir no, pero ya cuando pude pensarlo comprendí que era necesario sentirlo para dejarlo ir para recuperarlo, aunque ni siquiera le conocía y nadie me había conocido. Supe que habría de romper como ola sobre mi pecho, que se posaría como brisa sobre mi ventana, que habría de ser refrescante como el rocío sobre la grama. Era como si fuera una balacera, y supiera que tenía que cubrirme por que las balas no llevan nombre, pero estaba tan adentrada en sus tan pequeños ojos que fue tarde para respirar profundo. Él quedó prendado de mis piernas y sonrisa, yo de la suya y de su voz. Nunca supe que cantaba, que escribía canciones, pero siempre supe que su voz podía transformar mi condición de ave enjaulada, y llevarme a los horizontes infinitos de lo posible.

Y yo flotaba. Tan sólo unos segundos que le veía y pasaba la semana flotando, tocando sus sueños con mis manos, entrelazando mi tristeza del amor que sabría habría de perder antes de dar comienzo, con su respirar suave. Cerraba los ojos y flotaba, me nacían palabras desnudas de las manos. No habían sombras, ni padres conservadores, ni encierros de muchacha rebelde, yo flotaba y le contemplaba vestido, desnudo, sentado y erguido. Era el pecado de los ateos, lluvia de símbolos religiosos, el suplicio, los silencios y los sermones de domingo. Y yo crucificada sobre su cuerpo me sentía diosa, sabiendo que su rostro era el silencio y la cacofonía juntas.

Cuando quise decir que no, ya estábamos juntos en el carro, y habían pasado catorce años y ciento veinticinco días, y su sonrisa seguía siendo la misma, y juntos nos metíamos al cuarto de hotel que por dos horas se convertiría en nuestro altar. Y allí fui cordero, cuerpo y sangre de su rito, mi piel, cargada de estrellas, se sintió descubierta como en mis sueños de adolescente. Y estaba tan adentrada en el sí, que sus manos actuaban como guiadas por un ángel de deliciosos pecados, y fui pentagrama y sinfonía.

Él era cantante, creador, maestro y malabarista, yo una simple obrera del rubro de los seguros. Pero la palabra de un dios se hizo verbo sobre mi boca húmeda. Recibí su bendición que esperé por catorce años, y cada momento de dolor, cada espina, cachetada, plato roto sobre la cara, moretón, nariz fracturada y cada insulto fueron tan sólo el camino necesario para este momento, esta comunión en cuerpo y sangre. Sobre mi sexo bordó una melodía, que le robó notas a Ravel, y supe que cuando quise decir que no, sólo me trataba de preparar para el sí.

II

Gabriela, si juegas, no cierres los ojos ni juegues al escondite contigo misma. No me gusta cuando te quedas casi catatónica, mirando a la nada con cierto autismo fingido. Me recuerdas a tu madre cuando le molesto y no quiere hablar del tema.

Yo la amo, y estoy seguro de que es por que es buena conmigo. Suelo ser un tonto, frío y sin tacto. Desconozco todas sus andanzas, sus emociones. Cuanto más cerca la tengo, más la deseo, y al mismo tiempo la extraño y sus tiempos de mozuela.

A veces me siento como que le mando mensajes en botellas de vidrio sobre el mar. Sus silencios pueden doler más que las palabras místicas. Mis manos tiemblan, la ansiedad no se calma con pastillas. No duermo, se vuelve mi pensamiento único y obsesivo. Me afano triste e irremediablemente en recorrer su ausencia de palabras, de gestos.

Y de momento estalla, Gabriela. Se olvida de los recuerdos, las palmas y las visitas. Su silencio me desgarra y me hace sangrar pedazos de verso. Me llena de desesperanzas, me siento inútil e incapacitado.

Pero cuando ama cierra esos ojos casi miel y se estremece cada músculo de su cuerpo, y vence el mutis para volverse flor del paraíso. Me besa y es como si me nacieran poemas en la boca. Y sólo quiero que no se separe de mi ni un segundo, clonarla para que sea tu madre y mi amante siempre.

Gabriela, si llora, mantén tus dedos unidos a los suyos, abre tus ojos lentamente, olvida su dolor y dale apoyo.

Yo la amo como puedo, la sueño sin descanso, busco convertirla en cómplice de mis latidos. Es una sensación terrible extrañarle y necesitarle. Me desoriento, me pierdo en sus brazos cortos y pierdo el ritmo.

Gabriela no olvides escribir su nombre, aunque tenga cólera, te ama.


III

Gabriela duerme y no lo sabe, pero yo regalé sus hermanas. Cuando quedé embarazada, me dijo que no podía ser de él, que como antes me hiciera un aborto, y que no le daría su apellido. Tenía total dominio sobre mí, cuanto pedía yo hacía y cabizbaja recibía sólo migajas de amor, míseras e insignificantes piezas de desprecio. No tuve un orgasmo si no hasta estar embarazada por tercera vez, de Gabriela. Yo le dí mis dieciséis años, y a cambio recibí un plato sobre la cara, que se estrelló contra mi nariz. Aún guardo cada una de las cicatrices.

Gabriela duerme y no lo sabe, pero su primera hermana no durmió en casa. Oculté el embarazo durante meses, usando fajas, y cuanta excusa. Al llegar el momento fingí apendicitis, al ser obvia la mentira de una niña inexperta, les dije a todos que nació muerta. Lo cierto es que ya había sellado su destino, y se la dí a una compañera de estudios. Su marido le dio su apellido, yo el mío y una bendición que espero aún la proteja. Yo la salvé de vivir esta vida negra, de gritos, de insultos, de viernes sin sueños que se vuelven sábados de ser enfermera con los ojos negros de golpes. Yo la salvé de escucharlo decirme cosas hirientes, de que supiera cómo me violaba no solo el cuerpo, si no el cerebro, haciéndome más insegura y débil cada vez.

Gabriela duerme y no lo sabe, pero mis padres y hermanos se dieron cuenta, y la persiguieron por cuanto rincón había hasta llegar a Aibonito, en donde la habían ocultado. Llegaron los abogados, los policías y los psicólogos, y a todos les dije que era una terrible madre y que no quería esa niña cerca de mí. A todos les mentí para que ella no tuviera que pasar por lo que Gabriela ha pasado, por que los errores de los padres son imperdonables una vez, pero imposibles tres veces.

Gabriela duerme y no sabe que la cuarta niña la tiene mi prima. La vio por dos semanas, y luego se preguntaba con su cara perdida de tres años en dónde estará la muñeca que cargaba mamá.

Gabriela duerme, y yo, insomne, vigilo su sueño, espantando los malos espíritus.

IV

Cuando aparece, no tiene que tan siquiera mirarme, aunque nunca faltan los deseos de dormirme sobre la rendija de sus ojos, bajo su hechizo. Siempre que me mira lo hace como los ojos llenos de jeroglíficos, de historia antigua, y detiene mis rodillas, mis piernas que intentan correr hacia él.

Luego de perderlo, cuando aún era virgen, intentaba escribir su nombre y descubría que era imposible. Me temblaban las manos, la tinta se desvanecía con mi sudor copioso. Era como si olvidara las letras que lo describen y me desentendiera con el alfabeto.

Él es revolucionario y marxista, casi abogado y árbol. Yo sólo soy una niña del campo que le vio una tarde. Con el tiempo mi recuerdo lo adormeció. Quedó indiscutiblemente atrapado entre los deberes y los nuevos placeres, y despertó la mujer, casi olvidándole. Me usaron los más viles hombres de la tierra, y mi vientre, que le esperaba como un presagio, se llenó con otros genes.

Dolía vivir, sobraba el desprecio. Me esforzaba por recordar ese nombre, y lo trataba de escribir sobre los troncos, las hojas, la hierba mojada, sobre la arena y sobre la cama. Hasta traté de escribirlo sobre el aire, pero no me llegaba su definición.

Durante años me esforcé por recordar su rostro y su cuerpo. Su rostro se diluyó, al parecer, en la realidad. Mis labios se negaban a mencionarlo, mis neuronas a traer su recuerdo. Me dejé guiar por sus manos que antes no me tocaron, por sus labios que hasta entonces no me habían besado, y susurré todas esas palabras que al oído nunca me dijo. Y le fui evocando, recuerdo de antaño, lluvia contra las ventanas. Y fue cada vez más real su imagen, y más tangible su toque y más acaramelado su aliento.

Hasta que un día él se volvió pulso discreto que cambia de negativo a positivo, y su energía pasó de ser un puñado de ceros y unos a ser todo un universo cifrado en mi clave. Tal vez por eso me dejé guiar por sus palabras, por sus manos, y me refugié entre sus brazos, piernas y pecho. Su música se volvió un yo, y habité sus canciones.

De pronto tuve alas. De colibrí.

V

Sofía sabe que soy casado, jamás la engañé. Después de muchos años su rostro había escapado de mis ojos, como dormido en un sarcófago egipcio. Tuve que preguntar a los demás quién era esa muchacha tan hermosa que me buscaba. Fue entonces cuando Roberto me recordó que era la vecina de Antonia, la niña que, cuando la visitábamos, se aparecía en casa de Antonia para hablarnos. En aquél tiempo era una niña, y yo un universitario, y sólo me dediqué a deleitar mi vista con sus hermosas piernas. Pero siempre hubo algo en su sonrisa que jamás pude olvidar, un cierto toque de inocencia, ternura, campo. Era como cuando recorres un monte seco y te llenas los pantalones de abrojos y pequeñas semillas.

Sofía sabe que la amo, y es a veces más de lo que puedo manejar. Hace apenas unos meses que nos reencontramos, pero hemos vivido más de los catorce años que perdimos. Ella me confesó todo aquello que jamás le haría saber a nadie. Me dijo todas las cosas que te llevarías a la tumba, desnudándose frente a mis ojos.

Sofía está hecha para reproducirse, si no fuera por que la operaron. Es más fértil que la tierra de mis padres, en donde crecen árboles de mangó, granadas, y quenepas. Hubo que alterar físicamente su vientre por que si no, saldrían de él los niños como uvas o plátanos. Los pare sin darse cuenta, sin dolor, sin angustias ni lágrimas. Su vientre me recibe con una alfombra roja, como la sangre derramada en guerra, y mi cuerpo se vierte gota a gota sobre ella, y es sólo ésta barrera física la que no permite lo natural, que sería multiplicarnos hasta el cansancio.

Sofía sigue siendo aquella niña que conocí una tarde, sólo que ahora sus caderas son anchas, sus pechos un refugio, su vientre una almohada, su pelo una obra de arte cada día. En su sonrisa aún está toda la inocencia y el aroma del campo en donde la vi hace tantos años, y a donde voy con ella a recordar mi propia inocencia. Cuando ella sonríe, siento un placer que es más sabroso que un orgasmo, que un vaso de agua fría en un día caluroso. Llena todos los vacíos que otras cosas no llenan, y por eso me arriesgo todos los días para ver sus labios, ojos, y dientes al sonreír.

VI

Mamá, aunque jamás te lo diga, cada noche me pregunto dónde estarán y por que lo hiciste
.
Yo sé que él era un borracho, que te hacía daño y que tal vez fue una decisión dura, pero también lo es tener doce años. Las sueño, y a veces juego con ellas a las princesas. Me pregunto por qué no las buscas, que juguetes tendrán y quienes son sus amigos.

Mamá, a veces me quedo como tonta mirando las paredes. Descubro figuras nuevas, me imagino pequeños animalitos transparentes que las caminan, proyecto los eventos del día sobre ellas. A veces jugamos todas juntas, a veces solo miro la pared y su color mostaza.

Yo sé que te ama, y yo le quiero. Jamás será tan guapo como papá, pero te trata como una princesa. En las noches, llega a mi cama, besa mi frente y me dice que me quiere. Quisiera creerle, y quisiera que jamás se fuera. A veces espero que llegue a mi cama y le pregunto si regresará mañana, si se quedará esta noche, si me ha traído algo. Lo he visto contemplarte y quedarse como yo, atontado frente a tus ojos.

Mamá, yo perdí a Dios, o él se perdió de mi. Cada vez que te gritaba yo lo llamaba, siempre que te golpeaba yo le rezaba, y nunca llegó. Me cansé de esperarle, por eso me quedo contemplando paredes, por si acaso un nuevo dios viniera de una quinta dimensión a salvarnos. Mi abuela con sus faldas y panderetas busca seducirme para que vaya a la iglesia con ella, aunque yo se que no hay más que un impostor que maneja la mente de muchos y es tan ateo como yo.

Mamá, hay muchas noches en las que no sueño, por miedo a recordar. Mi pasión es inventarme cuentos en los que somos todos, y está él de tu mano y toma la mía, y somos las cuatro con él, en el campo, en la finca de mi abuelo.

Algunas veces no te quisiera soltar, en especial esas veces en las que te escucho llorar en las noches, me levanto, te abrazo y me duermo sobre tu pecho. No te preocupes, cerraré los ojos para no mirar a la pared, y no soltaré tu mano.

VII

Yo le escribí esta historia con la idea de que siempre fuera ella, y no lo que no necesita ser. Para que no malgastara su vida pensando en reencarnaciones, para que levantase sus brazos para tocar estrellas.

Para que deshilase la telaraña en la que se atrapó a si misma.

Me vi escribiéndole poemas, titulando y clasificando mi vida con la brisa. Cada verso fue una lágrima y el sabor a sal llenó mi rostro. Hablaban del su pasión por las sodas dietéticas, el chocolate y el sexo, el primer abrazo, del primer día, de sus manos que temblaban cuando intentaba seducirla, del primer beso, largo y húmedo, luego del desayuno, de la imposibilidad de poseerla aquel día, de los juegos, de las caricias y de la despedida.

Me vi sirviendo de padre y amante a la vez, corrigiendo sus errores de niña, aconsejando, apoyando, regañando hijos, dando sermones. Llegué una vez a su cama e invadí su lado favorito, y no quise salir de él.

Ella piensa que me mantiene cerca con sus halagos y manía de pensar que nació para hacerme feliz, y no se da cuenta de quien quiere dar todo por su felicidad soy yo. Aún busco definición en sus ojos, tranquilidad en su voz desafinada y su risa maléfica, calor entre sus senos.

Ella es una ciudad que encierra mis sueños, todo lo que puede importarme en este triste mundo, mi vida, mis tristezas, mis nostalgias de adolescente, y hasta el alma en la que no creo. Ella es un lugar sagrado que llevo tatuado en mi espalda, con tinta que no borra el más poderoso de los lásers.

Ella es mi parte y un todo que tiene partes dentro de sí, que se combinan cuando es necesario y se dispersan cuando quieren. Es mi sueño de libertad y revolución, mi Congo, mi Bolivia, mi última trinchera.

Yo le escribí esta historia, pero las manos las movió ella sobre las teclas, con su cuento.

jueves, 28 de mayo de 2009

sin título

mi voz se pierde entre los montes,
entre los cafetos y sus uvas,
en cada letra de tu nombre

mis besos se secan a veces,
faltos de tu agua,
mi aliento se perdió en la carretera

los versos ya dejaron de ser tuyos,
los silencios se apoderan de los tiempos,
las canciones enmudecen si te alejas

no quise que mutaras,
no me apetece nada que no sea
lo que eras en aquel tiempo

no quiero transformaciones,
mucho menos silencios y esperas,
no vivo de recuerdos

martes, 26 de mayo de 2009

Letra para reguetón, #2

que risa me causa
que me des-invites
he sido expulsado
de grandes convites

lo cierto es que aclamas
ser una jodienda
llevarte a la cama
no es ni la gran mierda

hay que marinarte
por días seguidos,
hay que alcoholizarte
perder el sentido

darte una vueltita,
sacarte a comer,
una botellita
de vino francés

y esperar al día
en que tu ex-marido
se lleve a tu cría
para el otro nido

luego soportarte
las conversaciones
de historia del arte
y desiluciones

que si era una bestia
y un desordenado,
que cuando en las fiestas
estaba tomado

regresaba a casa
borracho a gritarte,
y el tiempo se pasa
y me aburre escucharte

y se hacen las dos
de la madrugada
y finjo una tos
seca y alargada

tengo que decirte
me voy o me violas
luego al desvestirte
se pasan las horas

y no es que estés fea
de hecho, no estás mal
pero no te creas
prima e' superman

es que echarte un polvo
es tan aburrido
como ver las gotas
caer al vacío

copitas de vino
y conversación
prefiero encajarle
la pinga a un jamón

o hacerme una paja
con una guanábana
antes de tenerte
tirada en la sábana

sin que se te salga
ni un gritito agudo
es como una sorda
que se clava a un mudo

no cambias de rostro
ni de posición
no gimes de gusto
no hay depilación

no chupas, no mueves
un músculo sano,
no hay besos, ni toques
ni una con la mano

en la cama eres
como gelatina
que nunca se mueve
ni con vaselina

y pues, madre mía,
pa colmo de males
quieres que te limpien
en ciclos menstruales

hallo más salubre
hasta la zoofilia
el sexo contigo
roza en necrofilia

tirada en la cama
como una placenta
y sin decir nada
me duermes, por lenta

¿será tu pasado
bautista y cristiano
que no te permite
tomar por el ano?

Agradezco, amiga
tu no-invitación
prefiero una paja
y un filme de acción

Letra para reguetón, #1

Esta es mi primera letra escrita con el Reguetón en mente (preservando, claro, las características del género). ¿Qué les parece? :D (cualquier semejanza con cualquier personaje de la vida real es pura coincidencia, jejejeje).

y yo que pensaba
sería emocionante
llevarte a la cama
fue decepcionante

no soy un Romeo
ni tú una Julieta
pero antes prefiero
darme manigueta

y es que estás más floja
que un guante e' beisbol
ya no se te moja
ni dándote alcohol

y pa' que gastarme
dinero en bebidas
prefiero pajearme
aunque sea a escondidas

pues de todo haces
drama de novela
faltan los disfraces
y las mujerzuelas

(aunque en esos dramas
de televisión
siempre hay poca trama
y algún maricón)

después de correr
como bicicleta
te haces la más santa
y la más escueta

si todos sabemos
que en el barrio tuyo
en tu mayoketchup
mojaron sorullos

perdona el cinismo
y lo hijodeputa
pero compararte
con las prostitutas

es tirar al suelo
la prostitución
y se arma un revuelo
en el corazón

de todas las putas
que son responsables
que pagan sus cuotas
que son formidables

pues las putas cobran
al dar sus servicios
y tú la regalas
hasta por el vicio

y encima te casas
con un tipo viejo
parece una pasa
si se ve al espejo

no aguanta los cuernos
que a diario le pones
tiene corto el miembro
largos los cojones

lástima profunda
me causa tu caso
pobre vagabunda
de mental retraso

quiera en tu lecho
te encuentres un mulo
que te patee el pecho
y te rompa el culo

ahora me despido
y en mi adios te digo
respeta al pendejo
que llamas marido